Descubrir inesperadamente los placeres de la lentitud, aunque haya tenido que ser a la fuerza. Moverse lentamente con tiempo para mirar a un lado y otro observando las cosas que cuelgan de las paredes, la gente que pasa de largo, veloz. Comprobar, y eso es lo mejor de todo, cómo la respiración, el pensamiento, se acompasan a esa velocidad y comprender que es posible. Saber que en cuanto pueda volveré a la velocidad de crucero de siempre y disfrutaré de la recuperada ligereza, de la innecesaria velocidad, intentando recordar, de vez en cuando, este tiempo cuando ir lento no solo era obligado sino placentero.