sábado, 13 de marzo de 2021

Dejar que sucedan cosas

 

Leo estos días las reflexiones de Carlos Granés en Salvajes de una nueva era sobre como los artistas más o menos contemporáneos se han vuelto los nuevos integrados y han sido suplantados en su papel de apocalípticos por los políticos, y sobre cómo el arte una y otra vez, por más radical y antisistema que pretenda ser, acaba siempre fagocitado por el mercado y convertido en mercancía: hasta el famoso cuadro de Banksy, Girl with balloon, hecho jirones por un mecanismo autodestructivo en plena subasta en Sotheby’s, que duplicó su valor después de su semifallida destrucción…. 

Y en mitad de tan descorazonadora lectura, Javier Áznar, siempre tan dandy, siempre tan afinado, recupera en el último episodio de su podcast, Hotel Jorge Juan, la mirada cándida e ilusionada hacia arte moderno, al margen de posicionamientos ideológicos y políticos, obviando la obviedad de que todo, incluido (o especialmente) el arte, es mercado. 

Me seduce la lectura que hace J.A. de un cuadro, incluso (o especialmente) de un lienzo en blanco, como en la obra de teatro Arte de Yasmina Reza, como un espejo en el que cada espectador vuelca sus propias impresiones, su pasado, sus recuerdos, sus rencores, la vieja idea de que es el espectador, el lector, el que completa el cuadro, la película, el libro, hasta que de ese encuentro entre la obra nunca del todo terminada y el espectador atento, interesado, surge algo nuevo que quizá no estaba del todo en la obra ni, mucho menos, en el espectador. “Supongo que el arte es eso – concluye J.A. – ponerte enfrente de una obra y dejar que sucedan cosas”. 

Pues eso, que comience o recomience, eternamente, el espectáculo.

“No one is here without a reason”

...dice Evgenia Arbugaeva, fotógrafa ruso-ártica, de las tierras que la vieron nacer en Tiksi, al este de Siberia, en 1985.

En 2013 Evgenia contó la historia en imágenes de Slava Korotkiy, , el meteorólogo al que conoció a bordo de en un rompehielos, el único habitante de Hodovarikha una estación meteorológica situada en una pequeña península del mar de Barens; la ciudad más cercana está a una hora en helicóptero, el único medio de llegar hasta allí.  Korotkiy, al que Evgenia describe como “a definitely happy man” ha vivido sólo más de 20 años y pertenece a esa generación de Polyarniki, los exploradores del norte. Evgenia también ha retratado Enourmino, una aldea en la que viven 300 Chukchi, y Dikson, antigua capital de la Rusia ártica y ahora ciudad fantasma tras ser poco a poco abandonada tras el colapso del bloque soviético y donde, de vez en cuando, a cuarenta grados bajo cero se producen increíbles auroras boreales.

“It is only here that I am myself”, dice la fotógrafa: quizá esa es su razón para volver allí una y otra vez después de viajar y fotografiar por todo el mundo.