viernes, 8 de noviembre de 2013

Dedicatoria


«Para Antonio Prol, 
por el perdurable deber de la ternura

Luisgé Martín, La misma ciudad

lunes, 28 de octubre de 2013

Y las siempre difíciles relaciones entre padres e hijos...

Y las siempre difíciles relaciones entre padres e hijos (ambos en masculino) como trasfondo de muchas de las historias leídas/vistas últimamente.

Ayer en la película El Mayordomo el hijo desprecia el servilismo de "negro doméstico" de su padre, por mucho que haya servido a varios presidentes americanos, y se enrola en los movimientos pro derechos civiles de los negros (incluidos los Panteras Negras) más por reacción a ese servilismo que por convencimiento propio.

Hoy en El Malogrado leo cómo los tres personajes deciden hacerse virtuosos del piano para irritar a sus respectivas familias, especialmente a sus padres.

Hay que matar al padre como sea, al parecer.

Últimas tardes de octubre en las plazas...

Últimas tardes de octubre en las plazas antes de qué llegue la lluvia y haya que refugiarse en el interior de los cafés.

Aprovecho para leer El Malogrado (Thomas Bernhard), que no es Glenn Gould, como creía, sino su malogrado compañero de estudios en Salzburgo, el suicida Wertheimer, incapaz de asumir que mientras exista Gould no podrá ser el más virtuoso pianista.

lunes, 22 de julio de 2013

El otoño en Lisboa

Querida Lucrecia,

hace unos meses regresé a Lisboa, no porque esperara encontrarte - sé que juraste no volver jamás - sino para comprobar que la ciudad seguía siendo ella misma, indiferente a todo lo que sus visitantes ocasionales pensamos sobre ella, ajena a las peripecias que A. Muñoz Molina nos hizo vivir allí a tí, a Biralbo, a Billy Swann, a Toussaints Morton, aquel invierno, en aquella ciudad, a la que nunca volveremos por más que volvamos una y otra vez.

«Biralbo me había hablado de su amor por una muchacha a quien yo conocía muy superficialmente - Lucrecia - y de un viaje con ella del que acaba de volver. Ambos bebimos demasiado aquella noche. Al día siguiente, cuando me levanté, comprobé que no tenía resaca, sino que todavía estaba borracho, y que había olvidado todo lo que Biralbo me contó. Me acordaba únicamente de la ciudad donde debiera haber terminado aquel viaje tan rápidamente iniciado y concluido: Lisboa.»
 ...
 « - Me he librado del chantaje de la felicidad - dijo Biralbo tras un breve silencio, mirando a la camarera, que nos daba la espalda. Desde que empezamos a beber en la barra del Metropolitano yo había estado esperando que nombrara a Lucrecia. Supe que ahora, sin decir su nombre estaba hablándome de ella. Continuó: - De la felicidad y de la perfección. Son supersticiones católicas. Le vienen a uno del catecismo y de las canciones de la radio...»

« - Pero Lucrecia no aprobaría que yo viviera en un hotel como éste ... Ella creía en los lugares. Creía en las casas antiguas con aparadores y cuadros y en los cafés con espejos. Supongo que la entusiasmaría el Metropolitano. ¿Te acuerdas del Viena, en San Sebastian? Era la clase de sitio donde a ella le gustaba citarse con sus amigos. Creía que hay lugares poéticos de antemano y otros que no lo son.»