jueves, 11 de febrero de 2016

No basta

No bas­ta

Leila Guerriero
Hoy com­pré una do­ce­na de jaz­mi­nes en el pues­to de la es­qui­na, subí a ca­sa y los pu­se en un flo­re­ro con for­ma de pe­ce­ra. Cor­té ro­me­ro de la ma­ce­ta del bal­cón, lo la­vé y lo de­jé so­bre una ta­bla en la co­ci­na. Leí es­tos ver­sos de Mar­tín Prie­to, ar­gen­tino: “Y no sé na­da, no pien­so na­da, si­go dor­mi­do, / has­ta que apo­yo la bo­ca / en el bor­de de la por­ce­la­na y re­co­noz­co ahí un res­to de sa­li­va / se­co ya y to­da­vía per­fu­ma­do / que con­cen­tra, so­bre mi ca­be­za, / to­da la pre­sión del uni­ver­so”. Hay olor a pan re­cién hor­nea­do (por­que he hor­nea­do pan). En­cen­dí la lám­pa­ra del li­ving, abrí la ven­ta­na del cuar­to. El sol atra­vie­sa las cor­ti­nas co­mo una mer­me­la­da am­ba­ri­na y es­pe­sa. La ca­sa es­tá fres­ca, ai­rea­da. Mi­ro los li­bros de la bi­blio­te­ca, el ca­ra­col iri­sa­do que tra­je des­de Fi­li­pi­nas y que pa­re­ce un ser de otro pla­ne­ta, al­go que da al­ga­ra­bía y tam­bién un po­co de mie­do. Son las sie­te de la tar­de y hay to­da­vía mu­cho sol y olor a con­di­men­tos y a le­va­du­ra y a flo­res. He es­cri­to du­ra­men­te, lar­ga­men­te, tra­ba­jo­sa­men­te du­ran­te to­da la tar­de. He he­cho co­sas. Pe­ro ya sa­ben. Siem­pre es­tá ahí, aga­za­pa­do, eso que di­ce que con es­to no bas­ta, que nun­ca bas­ta. “Tal vez no era pen­sar, la fór­mu­la, el se­cre­to, / sino dar­se y to­mar per­di­da, in­ge­nua­men­te, / tal vez pu­de ele­gir, o ne­ce­sa­ria­men­te, / te­nía que pe­dir sen­ti­do a to­da co­sa. / Tal vez no fue vi­vir es­te es­tar si­len­cio­sa / y des­pia­da­da­men­te al bor­de de la an­gus­tia / y es­te ter­co sen­tir de­ba­jo de su mú­si­ca / un si­len­cio de muer­te, de abis­mo a ca­da co­sa (...) Tal vez pu­de su­bir co­mo una flor ar­dien­te / o te­ner un pro­fun­do des­tino de se­mi­lla / en vez de es­ta te­rri­ble lu­ci­dez ama­ri­lla”, es­cri­bía la uru­gua­ya Idea Vi­la­ri­ño en los años cua­ren­ta. A ve­ces pien­so que mi ofi­cio no es otro que el de ve­nir aquí y con­tra­ban­dear poe­mas que es­cri­bie­ron otros. Des­pués, al­gu­na vez, sa­lir en pun­tas de pie, que­dar­me quie­ta, des­apa­re­cer.

martes, 2 de febrero de 2016

Wiesenthaliana

Este post será largo, eterno, infinito, y esnob, y delirante, como corresponde al personaje. Pero será un placer, y una risa sana, inteligente, volver aquí de vez en cuando, como las golondrinas, como el esnob que todos llevamos dentro y algunos sólo por fuera. Gracias, Don Mauricio, y enhorabuena por una vida llena de sucesos sucedidos o inventados, tal da, con mi más sincera y malsana envidia, como tiene que ser.

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«Sólo hay dos opciones para tener buena prensa: o morirse o partir de viaje... Vayamos, pues, de viaje; que morir es lo último que uno debe hacer en la vida.»

«Viajar es uno de los más tristes placeres de la vida (Madame de Staël).»

«Viajando uno aprende a marcharse, a despedirse, a decir adiós.»

«También es difícil ser ateo cuando se es un esnob, porque uno le tiene cierta simpatía a lo divino.»

«Se necesitan muchos años para superar el sentido común.»

«Me preocupa que los seres humanos tengan el poder de elegir su rostro. Lo que importa no es la antomía, sino el gesto.»

«No podemos seguir escribiendo sobre la mediocridad, porque ya lo hizo todo Balzac.»

«Todas las grandes revoluciones tienen un cincuenta por ciento de pensamiento y un cincuenta por ciento de desorden. Era fácil darse cuenta que Mayo del 68 era sólo un espectáculo. Creo que fue allí donde comenzó la nouvelle cuisine».

Dedicatoria

Hieme et aestate, et prope et procul, usque dum vivam et ultra" (En invierno y en verano, cerca y lejos, mientras viva y mas alla de mi vida)

Cuando Mungo Park exploraba Senegal tuvo que soportar muchas privaciones. En cierta ocasion le ataron a un arbol, a la entrada de un poblado, sin dejarle nada de comer ni de beber, mientras los hombtRes de la tribu se mofaban de el. Y, en la noche tormentosa, solo las mujeres -incluso una vieja mendiga que vivia de la caridad- vinieron a traerle leche y comida, como dicen que las golondrinas le quitaron las espinas a Cristo.

A aquellas amigas, a mis golondrinas, las que me encontraron en el camino y me ayudarin en dias dificiles. Ellas no se conocen entre si, pero sus nombres estan reunidos en mi corazon. Gracias.

Mauricio Wiesenthal, El snobismo de las golondrinas.