
Leo estos días las reflexiones de Carlos Granés en
Salvajes de una nueva era sobre como los
artistas más o menos contemporáneos se han vuelto los nuevos integrados y han
sido suplantados en su papel de apocalípticos por los políticos, y sobre cómo
el arte una y otra vez, por más radical y antisistema que pretenda ser, acaba
siempre fagocitado por el mercado y convertido en mercancía: hasta el famoso
cuadro de Banksy,
Girl with balloon, hecho jirones por un mecanismo
autodestructivo en plena subasta en Sotheby’s, que duplicó su valor después de
su semifallida destrucción….
Y en mitad de tan descorazonadora lectura, Javier
Áznar, siempre tan dandy, siempre tan afinado, recupera en el último episodio
de su podcast, Hotel Jorge Juan, la mirada cándida e ilusionada hacia arte
moderno, al margen de posicionamientos ideológicos y políticos, obviando la
obviedad de que todo, incluido (o especialmente) el arte, es mercado.
Me seduce la
lectura que hace J.A. de un cuadro, incluso (o especialmente) de un lienzo en
blanco, como en la obra de teatro Arte
de Yasmina Reza, como un espejo en el que cada espectador vuelca sus propias
impresiones, su pasado, sus recuerdos, sus rencores, la vieja idea de que es el
espectador, el lector, el que completa el cuadro, la película, el libro, hasta
que de ese encuentro entre la obra nunca del todo terminada y el espectador
atento, interesado, surge algo nuevo que quizá no estaba del todo en la obra
ni, mucho menos, en el espectador. “Supongo que el arte es eso – concluye J.A. –
ponerte enfrente de una obra y dejar que sucedan cosas”.
Pues eso, que comience
o recomience, eternamente, el espectáculo.